Salón 205 y dos tercios.

27/05/2016 - 06:15
Concurso de escritura para estudiantes CIES

En el momento en que su mejor amigo lo transformó a vampiro hace trecientos años no esperaba terminar siendo profesor de historia. Mucho menos enseñándoles a adolescentes conflictivas y desinteresadas. Sabía que corría el riesgo de meterse en líos por ser un educador joven y apuesto, pero había vivido tantos años y había trabajado en tantos ámbitos, que ya se estaba quedando sin ideas de qué hacer con su vida. Había enseñado en más de dieciséis institutos y no más de tres años en cada uno. Era de suponer que a ningún otro maestro le hacía gracia que mientras ellos envejecían y se arrugaban, el tipo que enseñaba historia siguiera siendo joven y atractivo. Su rostro de porcelana, su piel pálida y sus ojos grises no aportaban mucho a la situación.  

–    Parece usted de otro mundo, Jem. Su belleza es algo digno de admirar –le había comentado una vez la mujer que atendía la cafetería del colegio.
–    Me alaga, Stella. Pero le aseguro que no soy más que un ser ordinario –mintió.

Poco recordaba de su pasado. Su mayor memoria estaba dedicada al maldito de su abuelo que se dedicó a romper todos y cada uno de los libros que de pequeño conservaba. “Los hombres de verdad no pierden su tiempo leyendo”. Era como un jodido mantra que se repetía en su cabeza con la voz del anciano cada vez que miraba los poco más de cuatrocientos libros en la biblioteca de su cuarto. Siempre amó leer. Desde ficción hasta política, pero sus favoritos eran en definitiva los de historia. En cada festividad recibía libros por parte de su madre, hasta que llegó a los nueve años y lo único que había bajo el árbol de navidad era un arma.

»    –Es hora de que te conviertas en un hombre –dijo su abuelo. Y le explicó acerca de cazar. Como si matar animales le diera más poder a la palabra hombre. Lo llevó al bosque cerca de la casa y lo obligó a apuntar a un ciervo.
»    –Dispara –ordenó el anciano de setenta y pico de años. La sola palabra lo había asustado tanto que temía que el arma resbalara de sus manos sudorosas. Su único consuelo es que sabía que fallaría, así que lo intentó. Y falló. En ese instante ocurrieron tres cosas; el sonido fue suficiente para aturdirlo, el ciervo salió corriendo y su abuelo soltó una sarta de golpes sobre su cabeza.

Al llegar a casa juró que nunca mataría ni un solo animal en su vida. 
Hasta que se convirtió en una criatura cuya naturaleza iba en contra de todas las leyes que se había impuesto durante su infancia. 
Lo peor de ser un vampiro, era intentar ser uno vegetariano. Más aún rodeado de personas que emanaban olor a sangre pura. 
Lo demás era un borrón de añadiduras; la cara de su madre cuyos rasgos no podían encontrar línea, y los ojos sonrientes de su hermana que parecían ocultos bajo una leve niebla. Era como ver por el lente de una cámara que no enfocaba. Sin embargo, la nostalgia nunca se le dio bien y fue capaz de superar la pérdida en el instante que aceptó que su amigo clavara sus colmillos en su cuello.  

Todas sus mañanas comenzaban con un café bien cargado y el ruido del tráfico en aquella hora pico. Solía llegar diez minutos antes de la hora en que empezaba la primera clase en el salón 205 y 2/3 para comenzar con su cátedra del día, y hacer sentir miserable a cualquier estudiante que se atreviera a interrumpir por haber llegado tarde. No es que le apasionara ser un dictador ante su clase, pero la única manera de evitar líos era no permitiendo que nadie sobrepasara la línea maestro-alumna. 

Y tenía que confesar que le hacía un poco de gracia el sufrimiento ajeno.  

Ese día en especial estuvo dispuesto a esperar otros diez minutos antes de empezar su clase para dar tiempo a las estudiantes que estaban retrasadas. Eso le sorprendió incluso a él mismo. Miró de reojo el primer puesto vacío en la fila cercana a la entrada. Aquél puesto que seguiría vacío por varios días más hasta que la esperanza se acabara para aquellos que seguían atentos. Una parte de su cerebro esperaba que la muchacha de quince años entrara y ocupara su lugar como lo haría cualquier otro día. La otra parte ya se había resignado. Se incomodó ante los comentarios que empezaban a circular dicha mañana entre sus otras estudiantes.  

“–Catia ha faltado de nuevo, ya lleva tres semanas y no contesta los mensajes. En su casa nadie responde” 
“–Te digo que algo le pasó” 
“–Seguro se escapó de casa” 
“–Bueno, ya era hora de que la niña buena experimentara algo de rebeldía en su vida” 

“–No digas eso, podría estar muerta y tú mal hablando de ella. Bueno, al menos se salvó del examen final de historia. Este tipo es lindo pero gruñón” 
Inspiró el olor profundo de todas esas muchachas hormonales y resistió con fuerza la tentación se sacar sus colmillos y acabar con el paraíso de sangre que tenía delante de él en plena clase. Esa misma tarde reservaría cita con su terapeuta para trabajar más acerca de su poco autocontrol en las últimas semanas. 
 La situación se le estaba saliendo de las manos. 

Y es que mientras empezaba a repartir las hojas del parcial de aquella semana, llegó al único puesto vacío de todo su salón, y su mente le atormentó con el recuerdo de que el cuerpo de su estudiante Catia Alexandra Montelaire se encontraba en el sótano de su casa, exprimido hasta la última gota de sangre que sus colmillos pudieron succionar.  
No se arrepentía del todo. Había sido realmente delicioso. 

Escrito por: Lucero Buriticá Orozco
CIES Cali

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