La muñeca derecha

21/05/2016 - 09:30
Concurso de escritura para estudiantes CIES

Eran las dos de la mañana y hacía un calor sofocante, su cuerpo sudoroso no encontraba postura alguna para volver a conciliar el sueño. Una, tres, siete… enésima vuelta entre sábanas. Imposible. Miró a su alrededor casi sin ver, acarició toscamente la mitad de su rostro, iniciando por su frente hasta alcanzar su barbilla, 
– Hoy es día de afeitarse – pensó en medio de la penumbra y la quietud de aquella habitación.

Media vuelta más, cabeza postrada mirando la almohada y su antebrazo derecho ocultando la luz inexistente que sobre su cuarto no se hallaba; ojos bien cerrados, tenue respiración, cuerpo totalmente desnudo, vulnerable y extendido a las máximas dimensiones que puede poseer el colchón de una cama sencilla, como su entorno…como su vida. 

Ya casi estaba. No, una ráfaga, un zumbido, un destello; jamás me lo supo explicar; un rostro, sí, un rostro fue lo que atinó a descubrir con el paso de las horas y lo aterrizó nuevamente en la certeza del insomnio. Tal vez maldijo su mal momento y decimos tal vez por la expresión tomada por su fisionomía facial cuando en persona lo relató, más no por una aseveración personal de ello. En fin. Miro otra vez y se sorprendió, más de dos horas habían pasado ya desde aquel “pestañeo” de cinco minutos, pero bien sabía, y él más que nadie, que por más nuevos intentos, esta vez no lo podría conseguir de nuevo, y no por falta de ganas de continuar soñando o por acumulación de cansancio de su penosa labor o por la pesada carga académica establecida por Enrique Delgado, no, todo ello efectivamente era palpable, pero el rostro, ese rostro, sembró en él intranquilidad, y se dice intranquilidad porque fue textualmente lo expresado por él, pero en beneficio del relato se cambiará dicha expresión por inquietud, coincidiendo en ocasiones por sinónimas pero que en esencia su significado difiere, por ello la segunda, satisface realmente lo que él viviría a lo largo de aquel corto día. Pero la gramática dejémosla a quienes saben del tema. Decíamos entonces, que esa sensación de inquietud generada por aquel rostro lo hizo levantar de facto a las 4:13 a.m.

La misma función, el mismo actor, el mismo miserable espectáculo; nada de sorpresa en la predecible vida de un hombre solitario. Sale de la habitación, entra al baño, orina con dificultad debido a la acostumbrada erección matutina, se baña, toma café, se viste, desayuna y en fin, todo lo cotidiano que se realiza en vísperas del inicio de la rutina diaria. Pero aquella mañana hubo algo en medio de todo sorprendentemente inusual, su pecho en más de una ocasión se comprimía a tal punto que se le dificultó respirar en igual número de ocasiones, su estómago lo apreciaba vacío y sus manos no coordinaron movimientos relativamente sencillos para una persona adulta, fue como lo confesó con posterioridad, 

– una alteración compleja de todos mis sentidos, como cuando crees que todo está bien, pero sabes perfectamente que hay algo que no anda en tal dirección y por ese algo te da esa triste sensación de perderlo todo…todo; fue un mierda que me costó sobrellevar y… nada, iba y volvía, volvía e iba y siempre el rostro, el indescifrable rostro. Quién era, cuál era su nombre, lo conocía?, nada, no había nada. Era la muerte?, será que me voy a morir hoy?; no piense pendejadas me dije a mi mismo sin necesidad de utilizar mi voz –. Supuse que una vez se dijo eso apretó su nuca con su mano izquierda tal y como lo hizo cuando me relató lo sucedido. 

Se dispuso entonces a emprender su cotidiano viaje con preocupación, no, aún era demasiado temprano y,  
– Llegar de vigilante no es mi estilo –, manifestó.

Pensó entonces que hacer. Cerrando el meñique y el anular derecho y posándolos entre su labio superior y la nariz, mientras su pulgar sostenía parte de la quijada y su índice y corazón se adherían a su mejilla, aparentado con dicha postura la característica cómica de un gran pensador, organizó ideas, divisó rápidamente las actividades a realizar en aquel día y… nada. Que patético.  

Se dispuso a revisar su correo electrónico. Basura, basura, no, nada, basura. ¡Una idea! Digitó su clave de usuario en el Face, contraseña, enter. Visualizó cualquier cantidad de rostros totalmente desconocidos con la esperanza de hallarlo. Uno a uno se tomó el tiempo de abrir perfiles ajenos, pero nada. Hora de irse, inconforme, inconcluso, pensativo. 
En todo lo hecho, en todo lo visto, en todo lo dicho, en todo lo pensado aquel día, estuvo siempre aquel maldito rostro. Tenue, sereno, amorfo, complejo, siempre él, siempre el mismo.  

Todo el día la zozobra estuvo punzante en él. Llegó la hora de salida de su trabajo y con rostro melancólico, se dispuso emprender un nuevo viaje a CIES. Penetró en el edificio a las 6:48 p.m. tarde como siempre. Primera fila junto a la pared de la derecha, Enrique hablando y él ausente de espíritu. 
Al fin se vislumbró  al fondo del B-213, un aula como todas, pero por aquella noche diferente, al menos para aquel fracasado, o al menos eso creyó. Su respiración se agitó de improvisto, las pupilas dilatadas y el pecho a punto de reventar, 
–    Entendió lo que expliqué –, preguntó el profesor Delgado.
–    Qué?, cuál?. No…eh…sí. Disculpe profe no preste atención –, en ese momento pensaba en lo que realmente le importaba. Volvió la mirada atrás una vez más, a esa altura de la noche tal cuenta ya estaba perdida.

De repente, la ocasión fue servida, 
– Dios bendiga los trabajos en grupo –, esto último solo lo pensó, jamás lo dijo. Bastó con la terminación de la expresión “en grupos de”, cuando él ya se encontraba inmóvil a su lado, con mil dudas, con enemil miedos, con infinita inquietud y una sola certeza.

Ya tienes grupo?
–Buenas noches –
– Que imbécil –, pensó,
Discúlpame, cómo estás? –
Bien y tú? –, gentilmente contestó.
–    Si supieras por lo que hoy he pasado, seguramente no lo preguntarías –, se repitió a sí mismo.
–    Igual, no me puedo quejar. Tienes suficiente con tus problemas como para contarte los míos, no –, frase de cajón que quienes podían afirmar que lo conocían, dirían que era una impronta en su habitual discurso.
Martín un placer y escribimos tal nombre por ocultar su identidad, igual que podíamos mencionar los nombres Andrés, Carlos, Mario o Mauricio, demasiado comunes para nuestro gusto, además ello no es relevante. 
–    Y tú? –. Meditó por algunos segundos su respuesta, con labios cerrados y mirándolo fijamente, su bienaventurado rostro expresando total serenidad atinó a decir,
–    Es desconcertante cuando alguien te observa más de lo que lo hacen tus propios ojos –. Se sintió acorralado, como cuando se desenmascara a un pillo, supongo tragó la poca saliva que aún permeaba su lengua,
–    Fui tan obvio, que idiota –, se remordió por dentro. Pero algo de lucidez emergió en aquella mente poco brillante en momentos de tensión, disfrazó su imprudencia con un trazo ligero de ingenuidad,
Por qué lo dices –
No sé dímelo tú –. Antes de responderle nuevamente, pensó,
–    Sin conocerme y ya me está hablando de tu. Eso debe ser una señal y debe ser de las buenas –, sonrió. La lucidez aún lo acompañaba,
–    La verdad siento como si te conociera de otro lado, otra vida no sé, pero al parecer no. Cierto? –. Con un destello de sonrisa en sus labios, ella simplemente aseveró con su cabeza.
No importaba…nada importaba; sonó el timbre y él solo seguía allí, escuchándola, observando cada detalle, cada gesto, cada lunar, cada…cada todo. No era el mismo tono de piel, ni el mismo color rojizo del cabello, mucho menos aquellos ojos que en su sueño confuso parecían claros o los mismos rizos de este nuevo; nada era igual, por el contrario todo surgió de repente muy diferente, pero aun así, era el mismo bendito rostro, el inquietante, el providencial, el divino; no supo explicarme que tanto dijo o hizo durante los casi cincuenta minutos  que compartieron mesa en el B-213, él no lo recuerda claramente, volvió en sus sentidos cuando cayó en cuenta que afuera sanaba el timbre que anunciaba la salida, 
– ¡No… puta vida! –, se repitió, mientras el salón se desocupaba paulatinamente, sabía bien que se disponía con mayor proximidad la hora de la despedida. Como buen caballero, dejó salir primero a la dueña de aquel rostro, siendo ellos los dos últimos en abandonar el aula. Allí, atrás de ella, pudo advertir en su piel una luna a medio llenar, la ascensión de Júpiter en la casa de Venus, cinco mariposas que volaban libres en su espalda y una especie de divina constelación indescifrable en apariencia mundana. Intento alcanzarla con el primer rincón de sus dedos, pero prefirió recogerlos casi en el mismo instante que se apagaron las luces del segundo piso. 

El bochorno de la madrugada anterior tan solo había sido el abrebocas de la lluvia que azotaba la ciudad aquella noche, 
– Siempre he creído que la lluvia es el llanto de Dios, que nos sufre y nos bendice al mismo tiempo a través de ella –
– Supongo que esa es tu forma de decir que te gusta la lluvia. Yo solo digo que me gusta y ya – 
– Solo quería poner un poco de misterio y romanticismo al momento, nada más –. Nuevamente esta expresión magistral la reservó solamente para él y a cambio, nuestro amigo bisílabo se limitó a decir, 

–    Bueno, sí. Supongo que tienes razón –. Pero aún un último resquicio de sagacidad mental afloró de él
–    Y…te gusta caminar mientras cae la lluvia? –. Lo miró de reojo, torció un poco su boca con una sonrisa cómplice en ella,
–    No quiero llegar temprano a casa –. Seguramente brillaron sus ojos tal como lo hicieron cuando lo rememoró. Hay quienes afirman que no se puede viajar en el tiempo, pero al ver y escuchar detenida y detalladamente a este hombre mientras recuerda y relata al tiempo aquella noche, de repente se observa como él se transporta en el tiempo, como las sensaciones vividas invaden sus sentidos, calan los huesos y penetran su alma, brotando ello de sus ojos, llenos de vida de luz, de brillo…de amor.

No supo describir tal cual todos y cada uno de los pasos dados a su lado, ni cada risa, si las hubo, sostenida, ni cuanto se contaron el uno del otro, ni cuánto tiempo sin querer sostuvo su brazo, y se dice sin querer, aun cuando se moría por hacerlo, porque ella fue la de la iniciativa. Pero sí, todo, cada detalle, el más mínimo, fue capaz de transmitirlo y si aquí se afirma que no supo hacerlo, es por el simple hecho de dejarle todo ello a él y solamente a él, no podemos ser tan miserables de arrebatarle tan único momento exponiéndolo a las luz pública, no,  aquí solo se dirá que todo, absolutamente todo, fue inexorablemente maravilloso.  
Pero se marchó. Si bien es cierto que no hay mal que dure cien años, también lo será que no existe un bien con la misma duración. Al final, ella se alejó de él y todo siguió igual, 
– Fue algo místico, definitivamente gracias al amor valemos la pena, él es la esencia del alma, de la vida…sin importar el tiempo, el lugar, la circunstancia o la duración. Siempre valdrá la pena –.

–    Y entonces? –, me atreví a preguntarle.
–    Nada…nada. Sé que era ella. Lo sé –. Y
–    como se llamaba al fin –. Sonrió.
Cuando me despedí de ella, lo hice como aquel caballero antiguo –
Cómo? –
Sujetando los dedos de su mano con los míos, haciéndole una reverencia y posando mis húmedos labios sobre el dorso de su mano, y al hacerlo, cuidadosamente ella fue dando vuelta a la suya mientras la alejaba de la mía – 
 No me respondiste – 
– Lo tenía marcado allí…en la parte anterior de su muñeca –. Soy sincero. Realmente me agradó toda la parafernalia  de aquella simple historia, por ello solo permanecí en tibio silencio mientras él recordaba, hablaba y recordaba. 
– Julietha – al fin se atrevió a decir.
Como la de Romeo –
No. Como la de Shakespeare –. Volvió a sonreír, esta vez con gesto burlesco,
igual no me importó, también a mí me pareció cómico. 
Solo que con una única gran diferencia –Cuál? –. Pregunte intrigádamente confundido.
– Julietha…Julietha con Y –.

Iván Camilo Trujillo Gómez 
Administración En Negocios Internacionales
Sede CIES Principal Bogotá

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